lunes, 13 de febrero de 2012
Las vocaciones don de la Caridad de Dios
Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
CIUDAD DEL VATICANO, ZENIT El 29 de abril de 2012, IV Domingo de Pascua, se celebra en la Iglesia la 49 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, con el tema “Las vocaciones don de la Caridad de Dios”. Publicamos el texto del Mensaje que Benedicto XVI envía con este motivo a los obispos, sacerdotes y fieles de todo el mundo.
Queridos hermanos y hermanas:
La XLIX Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 29 de abril de 2012, cuarto domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: Las vocaciones don de la caridad de Dios.
La fuente de todo don perfecto es Dios Amor - Deus caritas est -: «quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). La Sagrada Escritura narra la historia de este vínculo originario entre Dios y la humanidad, que precede a la misma creación. San Pablo, escribiendo a los cristianos de la ciudad de Éfeso, eleva un himno de gratitud y alabanza al Padre, el cual con infinita benevolencia dispone a lo largo de los siglos la realización de su plan universal de salvación, que es un designio de amor. En el Hijo Jesús –afirma el Apóstol- «nos eligió antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4). Somos amados por Dios incluso "antes" de venir a la existencia. Movido exclusivamente por su amor incondicional, Él nos "creó de la nada" (cf. 2M 7,28) para llevarnos a la plena comunión con Él.
Lleno de gran estupor ante la obra de la providencia de Dios, el salmista exclama: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que te cuides de él?» (Sal 8,4-5). La verdad profunda de nuestra existencia está, pues, encerrada en ese sorprendente misterio: toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31,3). El descubrimiento de esta realidad es lo que cambia verdaderamente nuestra vida en lo más hondo. En una célebre página de las Confesiones, san Agustín expresa con gran intensidad su descubrimiento de Dios, suma belleza y amor, un Dios que había estado siempre cerca de él, y al que al final le abrió la mente y el corazón para ser transformado: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti» (X, 27,38). Con estas imágenes, el santo de Hipona intentaba describir el misterio inefable del encuentro con Dios, con su amor que transforma toda la existencia.
Se trata de un amor sin reservas que nos precede, nos sostiene y nos llama durante el camino de la vida y tiene su raíz en la absoluta gratuidad de Dios. Refiriéndose en concreto al ministerio sacerdotal, mi predecesor, el beato Juan Pablo II, afirmaba que «todo gesto ministerial, a la vez que lleva a amar y servir a la Iglesia, ayuda a madurar cada vez más en el amor y en el servicio a Jesucristo, Cabeza, Pastor y Esposo de la Iglesia; en un amor que se configura siempre como respuesta al amor precedente, libre y gratuito, de Dios en Cristo» (Exhort. ap. Pastores dabo vobis, 25). En efecto, toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios; es don de la caridad de Dios. Él es quien da el "primer paso" y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor «derramado en nuestros corazones por el Espíritu» (Rm 5,5).
En todo momento, en el origen de la llamada divina está la iniciativa del amor infinito de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo. Como escribí en mi primera encíclica Deus caritas est, «de hecho, Dios es visible de muchas maneras. En la historia de amor que nos narra la Biblia, Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía» (n. 17).
El amor de Dios permanece para siempre, es fiel a sí mismo, a la «palabra dada por mil generaciones» (Sal 105,8). Es preciso por tanto volver a anunciar, especialmente a las nuevas generaciones, la belleza cautivadora de ese amor divino, que precede y acompaña: es el resorte secreto, es la motivación que nunca falla, ni siquiera en las circunstancias más difíciles.
Queridos hermanos y hermanas, tenemos que abrir nuestra vida a este amor; cada día Jesucristo nos llama a la perfección del amor del Padre (cf.Mt 5,48). La grandeza de la vida cristiana consiste en efecto en amar "como" lo hace Dios; se trata de un amor que se manifiesta en el don total de sí mismo fiel y fecundo. San Juan de la Cruz, respondiendo a la priora del monasterio de Segovia, apenada por la dramática situación de suspensión en la que se encontraba el santo en aquellos años, la invita a actuar de acuerdo con Dios: «No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor» (Epistolario, 26).
En este terreno oblativo, en la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones. Y bebiendo de este manantial mediante la oración, con el trato frecuente con la Palabra y los Sacramentos, especialmente la Eucaristía, será posible vivir el amor al prójimo en el que se aprende a descubrir el rostro de Cristo Señor (cf. Mt 25,31-46). Para expresar el vínculo indisoluble que media entre estos "dos amores" – el amor a Dios y el amor al prójimo – que brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan, el Papa san Gregorio Magno se sirve del ejemplo de la planta pequeña: «En el terreno de nuestro corazón, [Dios] ha plantado primero la raíz del amor a él y luego se ha desarrollado, como copa, el amor fraterno» (Moralium Libri, sive expositio in Librum B. Job, Lib. VII, cap. 24, 28; PL 75, 780D).
Estas dos expresiones del único amor divino han de ser vividas con especial intensidad y pureza de corazón por quienes se han decidido a emprender un camino de discernimiento vocacional en el ministerio sacerdotal y la vida consagrada; constituyen su elemento determinante. En efecto, el amor a Dios, del que los presbíteros y los religiosos se convierten en imágenes visibles – aunque siempre imperfectas – es la motivación de la respuesta a la llamada de especial consagración al Señor a través de la ordenación presbiteral o la profesión de los consejos evangélicos. La fuerza de la respuesta de san Pedro al divino Maestro: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15), es el secreto de una existencia entregada y vivida en plenitud y, por esto, llena de profunda alegría.
La otra expresión concreta del amor, el amor al prójimo, sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren, es el impulso decisivo que hace del sacerdote y de la persona consagrada alguien que suscita comunión entre la gente y un sembrador de esperanza. La relación de los consagrados, especialmente del sacerdote, con la comunidad cristiana es vital y llega a ser parte fundamental de su horizonte afectivo. A este respecto, al Santo Cura de Ars le gustaba repetir: «El sacerdote no es sacerdote para sí mismo; lo es para vosotros» (Le curé d’Ars. Sa pensée – Son cœur, Foi Vivante, 1966, p. 100).
Queridos hermanos en el episcopado, queridos presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, catequistas, agentes de pastoral y todos los que os dedicáis a la educación de las nuevas generaciones, os exhorto con viva solicitud a prestar atención a todos los que en las comunidades parroquiales, las asociaciones y los movimientos advierten la manifestación de los signos de una llamada al sacerdocio o a una especial consagración. Es importante que se creen en la Iglesia las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos "sí", en respuesta generosa a la llamada del amor de Dios.
Será tarea de la pastoral vocacional ofrecer puntos de orientación para un camino fructífero. Un elemento central debe ser el amor a la Palabra de Dios, a través de una creciente familiaridad con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero, sobre todo, que la Eucaristía sea el "centro vital" de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios nos toca en el sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos una y otra vez a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino.
Deseo que las Iglesias locales, en todos sus estamentos, sean un "lugar" de discernimiento atento y de profunda verificación vocacional, ofreciendo a los jóvenes un sabio y vigoroso acompañamiento espiritual. De esta manera, la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada. Esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32). En las familias, «comunidad de vida y de amor» (Gaudium et spes, 48), las nuevas generaciones pueden tener una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no sólo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden convertirse en «el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios» (Exhort. ap. Familiaris consortio, 53), haciendo descubrir, precisamente en el seno del hogar, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada. Los pastores y todos los fieles laicos han de colaborar siempre para que en la Iglesia se multipliquen esas «casas y escuelas de comunión» siguiendo el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret, reflejo armonioso en la tierra de la vida de la Santísima Trinidad.
Con estos deseos, imparto de corazón la Bendición Apostólica a vosotros, Venerables Hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas y a todos los fieles laicos, en particular a los jóvenes que con corazón dócil se ponen a la escucha de la voz de Dios, dispuestos a acogerla con adhesión generosa y fiel.
Vaticano, 18 de octubre de 2011
BENEDICTUS PP XVI
martes, 31 de enero de 2012
Promesas del Sagrado Corazón de Jesús
SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
La oración de la Iglesia venera y honra al Corazón de Jesús, como invoca su Santísimo Nombre. Adora al Verbo encarnado y a su Corazón que, por amor a los hombres, se dejó traspasar por nuestros pecados.
Catecismo de la Iglesia Católica, 2669
Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros: "El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2, 20). Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, traspasado por nuestros pecados y para nuestra salvación (cf. Jn 19, 34), "es considerado como el principal indicador y símbolo...del amor con que el divino Redentor ama continuamente al eterno Padre y a todos los hombres (Pío XII, Enc."Haurietis aquas": DS 3924; cf. DS 3812).
Catecismo de la Iglesia Católica, 478
La difusión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se debe a santa Margarita de Alacoque a quien Jesús se le apareció con estas palabras: "Mira este corazón mío, que a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo sacramento de mi amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradamente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio."
He aquí las promesas que hizo Jesús a Santa Margarita, y por medio de ella a todos los devotos de su Sagrado Corazón:
1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado.
2. Pondré paz en sus familias.
3. Les consolaré en sus penas.
4. Seré su refugio seguro durante la vida, y, sobre todo, en la hora de la muerte.
5. Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
6. Bendeciré las casas en que la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
7. Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente, el Océano infinito de la misericordia.
8. Las almas tibias se volverán fervorosas.
9. Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.
10. Daré a los sacerdotes el talento de mover los corazones más empedernidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón, y jamás será borrado de El.
12. Les prometo en el exceso de mi misericordia, que mi amor todopoderoso concederá a todos aquellos que comulgaren por nueve primeros viernes consecutivos, la gracia de la perseverancia final; no morirán sin mi gracia, ni sin la recepción de los santos sacramentos. Mi Corazón será su seguro refugio en aquel momento supremo.
Las condiciones para ganar esta gracia son tres:
1. Recibir la Sagrada Comunión durante nueve primeros viernes de mes de forma consecutiva y sin ninguna interrupción.
2. Tener la intención de honrar al Sagrado Corazón de Jesús y de alcanzar la perseverancia final.
3. Ofrecer cada Sagrada Comunión como un acto de expiación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento.
Oración para después de cada una de las comuniones de los nueve primeros viernes
Jesús mío dulcísimo, que en vuestra infinita y dulcísima misericordia prometisteis la gracia de la perseverancia final a los que comulgaren en honra de vuestro Sagrado Corazón nueve primeros viernes de mes seguidos: acordaos de esta promesa y a mi, indigno siervo vuestro que acabo de recibiros sacramentado con este fin e intención, concededme que muera detestando todos mis pecados, creyendo en vos con fe viva, esperando en vuestra inefable misericordia y amando la bondad de vuestro amantísimo y amabilísimo Corazón. Amén.
Jaculatoria. Amado sea en todas partes
el Sagrado Corazón de Jesús
domingo, 18 de diciembre de 2011
¡El Corazón Inmaculado de María es la salvación de nuestro siglo!
Entrevista al padre Cesare Cuomo, franciscano del santuario de Fátima
ZENIT
Un vínculo muy fuerte une la historia de Rusia con los mensajes que la Virgen María dejó a la humanidad en sus apariciones de Fátima. El 13 de julio de 1929, la Virgen pidió a Rusia que se convirtiera, consagrándose a su Corazón Inmaculado, para impedir que se difundieran sus “ramas venenosas” a todo el mundo. No sucedió así, de hecho es simbólico que pocos meses después estallara la Revolución de Octubre.
Ahora que en Rusia se observa un renacimiento de la fe cristiana, y que los ortodoxos están cada vez más cerca de Benedicto XVI, es necesario releer estos mensajes de Fátima y comprender el poder de la intercesión de María.
En este contexto actual y, con ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción, ZENIT ha entrevistado al padre Cesare Cuomo, franciscano de la Familia del Corazón Inmaculado de María, colaborador en el Santuario de Fátima.
¿Por qué la Virgen habló concretamente de Rusia en sus apariciones?
--Padre Cesare: Porque Rusia fue el núcleo de donde partió la ideología materialista atea que quería quitar a Dios de la vida de los hombres, de la sociedad y del todo, a través de un duro programa de conquista. La Virgen misma dijo: “De Rusia partirán venenos hacia todo el mundo y las naciones serán destruidas”. Lamentablemente, estos males se difundieron más allá del Imperio Soviético.
¿Cuál es el resultado de todo esto?
--Padre Cesare: Por desgracia, pagamos las consecuencias de esto incluso en nuestros días, porque la sociedad se ha embebido de un cierto tipo de mentalidad.
Ha quedado un gran agujero donde se recoge el material tóxico que ha sido cubierto gracias a la Consagración en 1952, obra del papa Pío XII. Si se abriera podría provocar grandes daños, como en el pasado.
¿Por tanto no habría solución?
--Padre Cesare: Al contrario, la Virgen nos ha dejado el remedio: su Corazón Inmaculado. A través de la verdadera devoción a este, que no quiere decir sólo el rezo de ciertas oraciones, sino el ponerse verdaderamente al servicio de María, podemos bloquear e ir eliminando poco a poco todo el veneno sembrado. A veces me gusta pensar que ha habido una gran ola de maldad, pero que al mismo tiempo el Cielo no se ha quedado estático, nos ha dejado el Corazón de María para detener todo esto. El acto de consagración que Juan Pablo II realizó en 2000, cuando confió el Tercer Milenio al Corazón Inmaculado de María, confirmó que este es el apoyo de la humanidad y el ancla de salvación para este siglo.
¿Qué quiere decir “Consagración al Corazón Inmaculado”?
--Padre Cesare: Es una llamada a la consagración bautismal, además de una ayuda para vivirla más profundamente bajo la guía de la Virgen, nuestra madre, que el Señor nos ha dado como apoyo particular para acercarnos a Jesús. El cristiano debe entrar en el “radio de acción” de esta madre tan buena, tan santa, si quiere conformarse verdaderamente a Jesús, incluso, sería un poco antinatural no hacerlo...
¿Si se le preguntase por los motivos de la devoción mariana qué contestaría?
--Padre Cesare: Antes que nada, lo que el Corazón Inmaculado de María representa. El corazón, como símbolo de amor, que en María es un amor verdaderamente auténtico, no el amor como se entiende en el mundo.
Hoy en la sociedad, de hecho, se habla de amor asociándolo al placer, a la sexualidad, a la satisfacción de uno mismo. El amor verdadero, sin embargo, es aquel del que la Virgen es modelo: el don generoso de uno mismo, desinteresado, gratuito, que hable del amor que debemos dar a Dios. Dios, de hecho, nos ama así y la criatura debe responder lo más posible a este amor pleno que recibe de su Creador.
¿En que modo la Virgen participa en este “intercambio” de amor entre el Creador y la criatura?
--Padre Cesare: La Virgen cumple plenamente lo que debería darse en todos los hombres: una total respuesta de amor a Dios que tiene como consecuencia el amor al prójimo.
Sustancialmente, el Corazón Inmaculado de María da una posibilidad más grande de recibir la caridad, el verdadero amor, para después darlo a los demás. Llegamos así al concepto de Inmaculado, es decir sin mancha, que significa una totalidad de donación, una fuente pura a la que acudir, útil para vivir bien nuestra vida, nuestra relación con Dios y con el prójimo. En este sentido, la misma Virgen ha pedido que se rece el Rosario por la paz en el mundo.
¿Cuál es la conexión entre decir 50 veces el Ave María y la paz en el mundo?
--Padre Cesare: La Virgen, a través del Rosario, te cambia el corazón: te hace penetrar mejor en los misterios de la vida de Jesús, no sólo con el pensamiento, sino también llevándote poco a poco a ver estos misterios con su mismo corazón. El Rosario da, además, la capacidad de ver donde está el verdadero bien y el mal, de darse cuenta de donde está la mentira, el engaño; ¡en un cierto sentido es una protección! Además yo creo que, a menudo, después de haber recitado el Rosario siento espontáneamente un deseo eucarístico, de estar en comunión con Jesús. La Virgen, por tanto, a través del Rosario y de todas las demás prácticas conectadas con este, continúa generando espiritualmente a Jesucristo en la vida de los fieles.
Por Salvatore Cernuzio
ZENIT
Un vínculo muy fuerte une la historia de Rusia con los mensajes que la Virgen María dejó a la humanidad en sus apariciones de Fátima. El 13 de julio de 1929, la Virgen pidió a Rusia que se convirtiera, consagrándose a su Corazón Inmaculado, para impedir que se difundieran sus “ramas venenosas” a todo el mundo. No sucedió así, de hecho es simbólico que pocos meses después estallara la Revolución de Octubre.
Ahora que en Rusia se observa un renacimiento de la fe cristiana, y que los ortodoxos están cada vez más cerca de Benedicto XVI, es necesario releer estos mensajes de Fátima y comprender el poder de la intercesión de María.
En este contexto actual y, con ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción, ZENIT ha entrevistado al padre Cesare Cuomo, franciscano de la Familia del Corazón Inmaculado de María, colaborador en el Santuario de Fátima.
¿Por qué la Virgen habló concretamente de Rusia en sus apariciones?
--Padre Cesare: Porque Rusia fue el núcleo de donde partió la ideología materialista atea que quería quitar a Dios de la vida de los hombres, de la sociedad y del todo, a través de un duro programa de conquista. La Virgen misma dijo: “De Rusia partirán venenos hacia todo el mundo y las naciones serán destruidas”. Lamentablemente, estos males se difundieron más allá del Imperio Soviético.
¿Cuál es el resultado de todo esto?
--Padre Cesare: Por desgracia, pagamos las consecuencias de esto incluso en nuestros días, porque la sociedad se ha embebido de un cierto tipo de mentalidad.
Ha quedado un gran agujero donde se recoge el material tóxico que ha sido cubierto gracias a la Consagración en 1952, obra del papa Pío XII. Si se abriera podría provocar grandes daños, como en el pasado.
¿Por tanto no habría solución?
--Padre Cesare: Al contrario, la Virgen nos ha dejado el remedio: su Corazón Inmaculado. A través de la verdadera devoción a este, que no quiere decir sólo el rezo de ciertas oraciones, sino el ponerse verdaderamente al servicio de María, podemos bloquear e ir eliminando poco a poco todo el veneno sembrado. A veces me gusta pensar que ha habido una gran ola de maldad, pero que al mismo tiempo el Cielo no se ha quedado estático, nos ha dejado el Corazón de María para detener todo esto. El acto de consagración que Juan Pablo II realizó en 2000, cuando confió el Tercer Milenio al Corazón Inmaculado de María, confirmó que este es el apoyo de la humanidad y el ancla de salvación para este siglo.
¿Qué quiere decir “Consagración al Corazón Inmaculado”?
--Padre Cesare: Es una llamada a la consagración bautismal, además de una ayuda para vivirla más profundamente bajo la guía de la Virgen, nuestra madre, que el Señor nos ha dado como apoyo particular para acercarnos a Jesús. El cristiano debe entrar en el “radio de acción” de esta madre tan buena, tan santa, si quiere conformarse verdaderamente a Jesús, incluso, sería un poco antinatural no hacerlo...
¿Si se le preguntase por los motivos de la devoción mariana qué contestaría?
--Padre Cesare: Antes que nada, lo que el Corazón Inmaculado de María representa. El corazón, como símbolo de amor, que en María es un amor verdaderamente auténtico, no el amor como se entiende en el mundo.
Hoy en la sociedad, de hecho, se habla de amor asociándolo al placer, a la sexualidad, a la satisfacción de uno mismo. El amor verdadero, sin embargo, es aquel del que la Virgen es modelo: el don generoso de uno mismo, desinteresado, gratuito, que hable del amor que debemos dar a Dios. Dios, de hecho, nos ama así y la criatura debe responder lo más posible a este amor pleno que recibe de su Creador.
¿En que modo la Virgen participa en este “intercambio” de amor entre el Creador y la criatura?
--Padre Cesare: La Virgen cumple plenamente lo que debería darse en todos los hombres: una total respuesta de amor a Dios que tiene como consecuencia el amor al prójimo.
Sustancialmente, el Corazón Inmaculado de María da una posibilidad más grande de recibir la caridad, el verdadero amor, para después darlo a los demás. Llegamos así al concepto de Inmaculado, es decir sin mancha, que significa una totalidad de donación, una fuente pura a la que acudir, útil para vivir bien nuestra vida, nuestra relación con Dios y con el prójimo. En este sentido, la misma Virgen ha pedido que se rece el Rosario por la paz en el mundo.
¿Cuál es la conexión entre decir 50 veces el Ave María y la paz en el mundo?
--Padre Cesare: La Virgen, a través del Rosario, te cambia el corazón: te hace penetrar mejor en los misterios de la vida de Jesús, no sólo con el pensamiento, sino también llevándote poco a poco a ver estos misterios con su mismo corazón. El Rosario da, además, la capacidad de ver donde está el verdadero bien y el mal, de darse cuenta de donde está la mentira, el engaño; ¡en un cierto sentido es una protección! Además yo creo que, a menudo, después de haber recitado el Rosario siento espontáneamente un deseo eucarístico, de estar en comunión con Jesús. La Virgen, por tanto, a través del Rosario y de todas las demás prácticas conectadas con este, continúa generando espiritualmente a Jesucristo en la vida de los fieles.
Por Salvatore Cernuzio
sábado, 17 de diciembre de 2011
Educar a los jóvenes en la justicia y la paz
Mensaje de su santidad Benedicto XVI para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz
1 enero 2012
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 16 diciembre 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos a los lectores el texto íntegro del mensaje de Benedicto XVI con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Paz que la Iglesia celebra el 1 de enero de 2012.
*****
1. EL COMIENZO DE UN AÑO NUEVO, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.
¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones.
Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.
En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencidos de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.
Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos,así como a los responsables en los distintosámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.
Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.
Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que les prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la difi cultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.
Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y les anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).
Los responsables de la educación
2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirles en la realidad, hacia una plenitud que hacer crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven.
Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.
¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia esdonde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro».1 Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.
Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos eltiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.
Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que se contradiga con su conciencia y principios religiosos.
Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.
Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho-deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.
No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masas tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.
También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.
Educar en la verdad y en la libertad
3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?».2 El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza.
Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad.
Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre se refiere a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»,3 incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo. Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo.
El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.
La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común».4
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido.5 Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.
El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.
Educar en la justicia
4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor.6
No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo».7 «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.
Educar en la paz
5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad».8 La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.
Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.
Levantar los ojos a Dios
6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1). Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?».9 El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).
Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante a las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.
Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».
Vaticano, 8 de diciembre de 2011
--
Notas
1 Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento
y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano,
ed. en lengua española (23 enero 2011)
2 Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.
3 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009),
648; cf. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14:
AAS 59 (1967), 264.
4 Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la
diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.
5 Cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.
6 Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore
Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.
7 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009),
644-645.
8 Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.
9 Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97
martes, 29 de noviembre de 2011
LA CONSPIRACIÓN DE ADVIENTO
Jóvenes católicos montan la conspiración de Adviento
Invitan a redescubrir la Navidad en el mundo hispano
MADRID La Conspiración de Adviento es una campaña de invitación a un despertar en el mundo hispano, montada por los jóvenes de Acción Católica de Madrid, España, abierta a los movimientos católicos y cristianos en general de todo el mundo que deseen reinvindicar la tradición de la vivencia cristiana de la Navidad y sus símbolos, últimamente escondidos o neutralizados con iniciativas que pretenden borrar el sentido evangélico de dicha tradición.
El lema es Redescubre la Navidad. Para ello han puesto a disposición unos vídeos y unos recursos en internet, con los que se puede seguir día a día el desarrollo de la “conspiración”, participar en la misma, y prepararse para la Navidad “redescubriendo” su sentido, explica a ZENIT Arturo Encinas, uno de los impulsores.
Su inspiración fue una iniciativa estadounidense que logró un millón de visitas y la han traducido al ámbito de habla y tradición hispana, “la hemos hispanizado”, explica Encinas.
El estilo trata de ser “rompedor” y al mismo tiempo facilitar la participación colgando en el blog “pequeñas cositas”, explica, tomadas de escritores cristianos como el desaparecido sacerdote escritor y periodista Martín Descalzo y otros. Entre los jóvenes de Acción Católica de Madrid, algunos sacerdotes animan y orientan.
Este domingo, primero de Adviento, “se destapó una Conspiración de Adviento que pretende redescubrir la Navidad”, dice la nota de los organizadores, jóvenes entusiastas y con sentido del humor, que han colgado el video promocional de la campaña con la intervención de un rey Melchor muy peculiar.
“La Conspiración de Adviento: Redescubre la Navidad no busca ningún tipo de beneficio económico. Tampoco se ha gastado un céntimo en desarrollar el proyecto. Pretendemos redescubrir el sentido de la Navidad y el significado de los regalos en estas fiestas”, dicen los jóvenes de Acción Católica.
Este domingo empezó el Adviento, el periodo que inicia el año litúrgico y comprende las cuatro semanas anteriores al día de Navidad. Tiempo de preparación y espera, la Conspiración de Adviento: redescubre la Navidad quiere ser un revulsivo cristiano al intento de comercializar y banalizar lo que celebran los cristianos, introduciendo cada vez más, por parte de las administraciones y directivos de centros educativos y otros, costumbres no cristianas o decoraciones neutras, y en ocasiones de bastante mal gusto, para no ofender a ningún laicista agresivo. Ahora la Navidad ya no se llama así en muchos centros e instituciones sino “fiestas invernales”.
“El sentido primigenio de la Navidad –dicen los jóvenes de Acción católica- se ha ido diluyendo gradualmente en la vida social durante las últimas décadas, convirtiéndose en una fiesta vacía de su fundamento original, pero repleta de consumo, fiestas, esporádicos encuentros familiares y muchos regalos. No sabemos qué celebramos”.
“Por eso lanzamos la conspiración de Adviento, para redescubrir la Navidad. Y fijamos nuestra atención especialmente en un detalle de dicha fiesta: los regalos. Queremos mostrar el sentido verdadero que tiene el regalo en el contexto de la Navidad. Mediante la creatividad, el humor, las nuevas tecnologías y la implicación de gente anónima pretendemos hacerlo posible”, concluyen.
El primer impacto de la conspiración de Adviento consiste en un vídeo indie (http://bit.ly/vtCkPa) en el que el un renovado rey Melchor propone redescubrir la Navidad de una forma original. El video, y otros materiales, se encuentran en http://redescubrelanavidad.blogspot.com/, un blog donde diariamente se podrá seguir el avance y los detalles de la conspiración de Adviento.
Para más detalles: ttp://redescubrelanavidad.blogspot.com/comunicacionrlanavidad@gmail.com.
También se puede seguir en: Twitter: @RdscubreNavidad #Redescubrelanavidad.
Facebook: Redescubre la Navidad http://on.fb.me/to1dy3.
Por Nieves San Martín
ZENIT
Invitan a redescubrir la Navidad en el mundo hispano
MADRID La Conspiración de Adviento es una campaña de invitación a un despertar en el mundo hispano, montada por los jóvenes de Acción Católica de Madrid, España, abierta a los movimientos católicos y cristianos en general de todo el mundo que deseen reinvindicar la tradición de la vivencia cristiana de la Navidad y sus símbolos, últimamente escondidos o neutralizados con iniciativas que pretenden borrar el sentido evangélico de dicha tradición.
El lema es Redescubre la Navidad. Para ello han puesto a disposición unos vídeos y unos recursos en internet, con los que se puede seguir día a día el desarrollo de la “conspiración”, participar en la misma, y prepararse para la Navidad “redescubriendo” su sentido, explica a ZENIT Arturo Encinas, uno de los impulsores.
Su inspiración fue una iniciativa estadounidense que logró un millón de visitas y la han traducido al ámbito de habla y tradición hispana, “la hemos hispanizado”, explica Encinas.
El estilo trata de ser “rompedor” y al mismo tiempo facilitar la participación colgando en el blog “pequeñas cositas”, explica, tomadas de escritores cristianos como el desaparecido sacerdote escritor y periodista Martín Descalzo y otros. Entre los jóvenes de Acción Católica de Madrid, algunos sacerdotes animan y orientan.
Este domingo, primero de Adviento, “se destapó una Conspiración de Adviento que pretende redescubrir la Navidad”, dice la nota de los organizadores, jóvenes entusiastas y con sentido del humor, que han colgado el video promocional de la campaña con la intervención de un rey Melchor muy peculiar.
“La Conspiración de Adviento: Redescubre la Navidad no busca ningún tipo de beneficio económico. Tampoco se ha gastado un céntimo en desarrollar el proyecto. Pretendemos redescubrir el sentido de la Navidad y el significado de los regalos en estas fiestas”, dicen los jóvenes de Acción Católica.
Este domingo empezó el Adviento, el periodo que inicia el año litúrgico y comprende las cuatro semanas anteriores al día de Navidad. Tiempo de preparación y espera, la Conspiración de Adviento: redescubre la Navidad quiere ser un revulsivo cristiano al intento de comercializar y banalizar lo que celebran los cristianos, introduciendo cada vez más, por parte de las administraciones y directivos de centros educativos y otros, costumbres no cristianas o decoraciones neutras, y en ocasiones de bastante mal gusto, para no ofender a ningún laicista agresivo. Ahora la Navidad ya no se llama así en muchos centros e instituciones sino “fiestas invernales”.
“El sentido primigenio de la Navidad –dicen los jóvenes de Acción católica- se ha ido diluyendo gradualmente en la vida social durante las últimas décadas, convirtiéndose en una fiesta vacía de su fundamento original, pero repleta de consumo, fiestas, esporádicos encuentros familiares y muchos regalos. No sabemos qué celebramos”.
“Por eso lanzamos la conspiración de Adviento, para redescubrir la Navidad. Y fijamos nuestra atención especialmente en un detalle de dicha fiesta: los regalos. Queremos mostrar el sentido verdadero que tiene el regalo en el contexto de la Navidad. Mediante la creatividad, el humor, las nuevas tecnologías y la implicación de gente anónima pretendemos hacerlo posible”, concluyen.
El primer impacto de la conspiración de Adviento consiste en un vídeo indie (http://bit.ly/vtCkPa) en el que el un renovado rey Melchor propone redescubrir la Navidad de una forma original. El video, y otros materiales, se encuentran en http://redescubrelanavidad.blogspot.com/, un blog donde diariamente se podrá seguir el avance y los detalles de la conspiración de Adviento.
Para más detalles: ttp://redescubrelanavidad.blogspot.com/comunicacionrlanavidad@gmail.com.
También se puede seguir en: Twitter: @RdscubreNavidad #Redescubrelanavidad.
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Por Nieves San Martín
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